TIEMPOS PREHISTÓRICOS : LAS PRIMERAS RAZAS - PARTE 4

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— Relaciones con otras tribus del continente.
— Las lenguas.
— Costumbres.
— Habitaciones.
— Caza.
— ídolos de animales.
—Inscripciones en rocas.
— Pipas.
— Tipos.
—Relaciones con los chinos.
—Inscripciones monosilábicas.
—La Atlántida



Las comparaciones de las lenguas china y otomí
con el maya confirman las anteriores ideas. A pesar de
que el maya alcanzó gran adelanto, todavía hoy para
escribirlo han tenido que inventarse letras especiales, y

ni aun así se puede obtener la verdadera pronunciación
de las palabras. El padre Lauda da un abecedario que
atribuye á los antiguos mayas; pero la verdad es que
con él no pueden leerse ni los jeroglíficos escritos como
el códice de Dresde ni las inscripciones de los monumentos.
Se ha dado á esta escritura el nombre de
calculiforme, por estar distribuida en cuadrados, en
líneas simétricas verticales y horizontales. Si se examinan
atentamente las diversas inscripciones de un
mismo lugar, se observa que varias de ellas están
repetidas muchas veces; y un examen más atento de

cada una, especialmente de las del Palemke, convence
de que son signos ideográficos, es decir, antiguas figuras
simplificadas á semejanza de los caracteres chinos.
Esto nos permite atrevernos á decir, los primeros,
que los signos calculiformes son monosilábicos y que
por lo mismo las inscripciones mayas y palencanas son
relatos compuestos de cifras monosilábicas.
Acercaría también á la raza china con las de este
continente el uso de los quipos, ó sea unas cuerdas
compuestas de otras pequeñas de distintos colores, que
anudadas de diferentes maneras servían para perpetuar
los sucesos, llevar las cuentas administrativas, etc.,
supliendo los oficios de la escritura. Muy en uso en
el Perú, de donde toman el nombre de quipos, se
introdujeron entre los chinos por Soui-jin, y con ellos
llevaban, no solamente las cuentas comerciales, sino
que les sirvieron para entender y conocer las leyes de
la nación y los primeros principios morales. Se pretende
que en su origen japoneses y tibetanos usaron un
procedimiento análogo. Según Boturini, que dice haber
visto en Tlaxcalla muestras de ellos carcomidos por el
tiempo, se usaron aquí con el nombre de nepohualtzitun,
cordón de cuenta y número y cuenta de los sucesos.
De todas maneras, cualesquiera que sean las
relaciones que con otros hayan tenido nuestros pueblos
primitivos, se nos presentan éstos completamente diferentes
de los nahoas, raza polisilábica aglutinante,
que conservaba el recuerdo de haber venido de otra
parte, de haber sido en un principio extranjera, por
más que después ella y su civilización se impusieran


de tal modo que todo lo dominaron, y sus recuerdos,
sus ideas y sus creencias es lo único que verdaderamente
sabemos. La llegada de la raza nahoa fue antes de
3000 años de nuestra era. Y desde luego se nos
presentan dos cuestiones: ¿quiénes eran? ¿de dónde y
por dónde vinieron? Es increíble la cantidad de suposiciones
que desde el siglo xvi se encuentran en los
cronistas, para explicar su procedencia; los unos procurando
concordar siempre las cuestiones con sus ideas
religiosas, los otros dejándose llevar de los sistemas
más extravagantes. Hoy creemos poder contestar á la
pregunta, apoyados en los descubrimientos y progresos
de la ciencia, que los nahoas vinieron por la Atlántida.
Lo que fue en un principio, según se creía, sueño
de Platón, va tornándose en realidad: la Atlántida, que
se dibujaba apenas al nacer en el cerebro del poeta,
toma ya forma en el dominio de las investigaciones
humanas: todo parece probar que el genio, como Dios,
sabe crear mundos. Si eran verdaderos recuerdos cosmogónicos,
conservados por los hierofantes de Egipto
en el simbolismo de sus ritos y en el misterio de sus
templos, cierto es que el filósofo griego, de siglos atrás
planteó la cuestión á la humanidad, y que por fin la
ciencia se ha decidido á estudiarla.
Platón no solamente reveló la anterior existencia de
la Atlántida, sino que puso de manifiesto además algunas
de sus leyes y costumbres, y hasta llegó á describirla
en parte; y esto en dos hermosos diálogos, que con
los títulos de Timeo y Crisias dan cabo y remate á sus
llamados dogmáticos. En el primer diálogo cuenta
Crisias á Sócrates, Timeo y Hermócrato, que al viejo
Crisias refirió Solón el siguiente relato que en el Egipto
le hizo un antiguo sacerdote de Sais: « Entre la multitud
de hazañas que honran á vuestra ciudad, que están
consignadas en nuestros libros y que admiramos, hay
una mayor que todas las otras, testimonio de una virtud
extraordinaria. Nuestros libros cuentan cómo Atenas
destruyó un poderoso ejército que, salido del Océano
Atlántico, invadió insolentemente la Europa y el Asia,
porque entonces se podía atravesar este Océano. Se
encontraba en él, en efecto, una isla situada frente al
estrecho que llamáis en vuestra lengua las Columnas
de Hércules. Esta isla era más grande que la Libia y el
Asia reunidas: los navegantes pasaban de allí á las otras
islas, y de éstas al continente que rodea ese mar
verdaderamente digno de tal nombre."
Véase en este relato una tradición egipcia, véase la
vanidad ateniense refiriendo hazañas que no recuerda
la historia, lo cierto es que los pueblos más viejos del
Viejo Mundo recordaban una época más antigua que
hacían coincidir con la existencia de la Atlántida.
Curioso sería hacer una bibliografía de todos los
escritores que de la Atlántida se han ocupado; no es
ese nuestro ánimo: basta consignar el hecho de que los
historiadores que sobre México han escrito, siempre que

han buscado el origen de su población han ocurrido,
como único medio de solución posible, á la existencia de
la Atlántida.
Veamos lo que nos dice la ciencia. Parece que las
primeras pruebas materiales, digámoslo así, de la referida
Atlántida, fueron el descubrimiento hecho por marinos
ingleses de enormes fucos que crecen entre el África
occidental y el golfo de México, y que embargan á
menudo la marcha de los buques; advirtiéndose también
que alrededor de este espacio, que llaman el mar de
sargazo, existe una formidable corriente, que es la
misma denominada Oulf-Strcam. Sin duda que esto
podía ser un dato, y si se agrega la existencia de las
Antillas y de las diversas islas que en ese espacio del
Atlántico están como escalonadas de distancia en distancia,
ya la prueba adquiere mayor fuerza, supuesto
que tales islas no son otra cosa que picos de montañas
y cordilleras submarinas. En apoyo de estas conjeturas
el descubrimiento continuo de huesos de grandes paquidermos
en América hizo pensar con razón á los sabios
que solamente la unión de los continentes pudo dar paso
á esos gigantes de la fauna. Llevándose á mayor altura
la ciencia, y un genio tan poderoso como Edgar Quiuet,
buscó nueva solución á este problema y á otras cuestiones
de no menos importancia que le son anexas.
Según su opinión los grandes animales necesitaban
para vivir un continente extenso y proporcionado á su
desarrollo vital, y cuando por el hundimiento de la
Atlántida dejó de tener esa condición la tierra en que
vivían, fueron pereciendo los paquidermos hasta perderse
enteramente. La comunicación de los continentes daba
la solución de la transmigración de los animales, y su
desaparición viene también á confirmar la antigua unión.
Desde que los dos hechos, la existencia anterior y la no
existencia posterior, demuestran en su aparente contradicción
la unión continental, ya existe una gran
probabilidad científica.

Pero la ciencia, que nunca se detiene en el camino
de sus investigaciones, ha pretendido fijar la época de
esa Atlántida. Nuestro sabio amigo M. Hamy, estudiando
la cuestión sostiene que los trabajos más recientes
de los paleontologistas y de los geólogos revelan una
Atlántida terciaria. Las conchas terciarias de los Estados
Unidos, venus, isocardas, petonelas, volutas, fasciolares,
etc., son idénticas á las conchas de las capas
francesas correspondientes. El examen comparativo de
los insectos ha probado que gran número de especies
viven todavía hoy sobre las dos riberas del Atlántico,
y presentan apenas ligeras variaciones de Inglaterra á
Alabama. Sorprendente es también la analogía de la
fauna terciaria de ambos continentes, analogía que se
extiende también á la flora de la misma época. Pero
la más notable prueba ha sido el estudio de los tres
inmensos depósitos terciarios lacustres de la península
ibérica: el uno se extiende sobre una gran parte de

Castilla la Nueva; el segundo ocupa al norte una superficie
considerable de Cataluña, Aragón y Castilla la
Vieja; y el tercero, intermediario y menor que los otros,
corresponde á las provincias de Teruel y Calatayud:
todos juntos dan la imponente cifra de 145.500,000
metros cuadrados, á lo que debemos agregar que el
espesor de este vasto depósito es de trescientos pies,
y aun mayor en ciertos lugares. Una masa tan considerable
de sedimentos de agua dulce manifiesta la
antigua existencia de ríos inmensos que han vaciado
su caudal durante un larguísimo espacio de tiempo
en esos extensos depósitos. Tales ríos suponen á
su vez grandes continentes que en esta reconstitución
del pasado de nuestro hemisferio no se pueden colocar
más que al noroeste de la Iberia, pues al norte son
obstáculo las rocas antiguas de los Pirineos, al sur los
granitos de los montes Carpetiinos y los macizos
silurianos de Sierra Morena, y al este los depósitos
terciarios marinos de Andalucía y de Murcia, de Valencia
y Cataluña; de manera que la Atlántida partía
de la península ibérica hacia nuestro continente.


Ahora la cuestión se reduce á indagar si los nahoas
se relacionan de alguna manera con la Atlántida. Según
el relato de Platón, la ciudad principal de aquel continente
sumergido estaba construida sobre un lago; era
paludeana y es notable que los nahoas buscaban de
preferencia los lagos para establecerse: conocemos por
lo menos las siguientes ciudades lacustres: Aztlán,
Mexcalla, Pátzcuaro, Texcoco, Clialco, Tzompanco,
Chapultepec, Atzcapotzalco y México, grandes centros
ó estancias importantes de la civilización nahoa. El
idioma poco nos puede decir á este propósito, y sin
embargo, llama la atención la última Tiiule del trágico
latino, que parece que Islandia fue otra Tula, y que
no Matan nombres de ciudades con la misma raíz
como Toulon y Toulouse en Francia y Tolosa y Toledo
en España. El mismo Platón nos conserva el nombre
de una ciudad de la Atlántida, y una sola voz del
idioma atlante que tiene gran relación con la palabra
chaJcliíhuitl, que en nahoa quiere decir piedra preciosa,
y que puede acaso ser clave preciosa de la cuestión.
Tenemos en las tradiciones teogónicas del África, que
Kermes, el dios del comercio, es hijo de Atlas y de
Maya: Atlas, montaña que está en África, es representante
de la raza de esa región y Maya es la raza de
Yucatán, la raza americana. El vascuence no tiene
relación ninguna con las lenguas europeas, y sí tiene
muchas con las americanas y especialmente con el nahoa;
y es de notarse que los vascongados sostienen que son
el pueblo más viejo de la Iberia. En la aritmética la
combinación nahoa del 4 y el 20 se encuentra en los
vascos, y como recuerdo en la edad de 4 veintes de
los irlandeses y en el 80 de los franceses, que sin duda
lo recibieron de los Celtas y éstos de pueblos más
antiguos.


Las relaciones entre vascos y nahoas son probables;
parece que son los atlantes que se extendieron al
occidente en lo que es hoy el Nuevo Mundo, y ocuparon
el oriente de la Atlántida con el nombre de iberos.
Llegaron allí sin duda hasta lo que hoy es la Rusia,
pues en ella se encuentra una Tula, y fueron detenidos
por los etruscos, que es el hecho recordado por Platónson
los hiperbóreos de Theopompo, la población que,
según las tradiciones célticas, fue obligada por la mar
á abandonar sus islas lejanas y establecerse en lo que
después fue Galia. en nuestro continente avanzaron
hasta encontrar las grandes llanuras del Pacífico entre
los grados 35 y 45. Extendérnosle todavía al Norte
empujando á la raza monosilábica; pero la época
glacial los obligó á buscar el rumbo del Sur, y es
probable que, siguiendo siempre la costa del Pacífico,
llegaron hasta el Perú; en cuya raza inca encontramos
parentesco con los nahoas.

Sin embargo, esas emigraciones deben ser muy
primitivas, pues la raza nahoa aparece en los tiempos
primeros cortada en el Norte de nuestro territorio y
extendiéndose solamente desde Sonora y Sinaloa hasta
Chihuahua y Zacatecas, es decir, entre los grados 22
y 32 de latitud norte. Ocupaba el centro la raza
Otomí, y de la linea de Chiapas á Yucatán hacia el
Sur se extendía por toda la América central, penetrando
en la meridional la raza maya-quiché, que ocupaba
también las islas del Golfo. Tal es la primera situación
geográfica de las tres razas, de que podemos
darnos cuenta después de la separación de los continentes.




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