TIEMPOS PREHISTÓRICOS : LAS PRIMERAS RAZAS. - PARTE 2

 — Otomíes.
— Maya quichés.
— Relaciones con otras tribus del continente.
— Las lenguas.
— Costumbres.
— Habitaciones.
— Cazu.
— ídolos de animales.


Examinemos ahora los caracteres especiales de la
raza otomí , para convencemos de que es la primitiva y
más antigua.
En efecto, aun cuando la raza negra sea la primera
que se extiende en la tierra, aun cuando la admitiéramos
como primitiva habitadora de nuestro continente, es,

sin embargo, en él un ave de paso, y debemos buscar
otra raza para llamarla autóctona. Hablando Motolinía
de los otomíes, los presenta como generación bárbara
y de bajo metal; dice expresamente que de ellos
descienden los chichimeca; y los coloca en gran parte
del centro de nuestro territorio y en todo lo alto de las
montañas que á México rodean. Estas pocas indicaciones
nos suministran datos importantes sobre esa
raza. Todas las tribus emigi-antes que fundaron los
últimos y más grandes centros de civilización, como
México, Texcuco y Tlaxcalla, pretendían descender de
los chichimeca , y éstos proceden de los otomíes , según
Motolinía, que les da así el primer lugar en antigüedad.
Por ser la primitiva, es bárbara y de bajo metal;
una de las mayores generaciones muy repartida en lo
bueno del territorio; con lo que se indica claramente
una raza dueña del país, desgarrada por diversas


invasiones. Además, las diferentes razas que aqui había
conservaban recuerdo de su origen; pero contando
Mendieta que los primeros habitantes del país fueron
los otomíes, dice que es una nación de otra lengua y
de menos policía, y que de éstos no se sabe de dónde
tuvieron origen, porque no se tiene noticia que viniesen
de otra parte. Bastante se determina con esto lo
autóctono de la raza; y por haberlos señoreado en
nuestro Valle los capitanes de que Mendieta nos habla,
se refugiaron en las montañas que lo rodean como
cuenta Motolinía, montañas en que aun habitan sus
restos.
Todos los pueblos buscan una genealogía para sus
razas, y encontrándolas varias y diferentes, las agrupan
fingiéndoles un origen común. Tal fué el procedimiento
bíblico y semejante el de nuestros antiguos pobladores.
Las razas, según esa combinación, procedían de seis
hermanos, hijos del viejo Iztacmixcóhuall y de su
mujer Ilancucy. Iztacmixcóhuatl quiere decir culebra
de nube blanca, ó nube blanca en forma de culebra; es
la vía láctea : Ilancuey significa rana vieja ; la rana es la
tierra; así la madre es la vieja tierra. Pues bien, uno
de esos hijos del cielo y de la tierra fingían que fué
Otómitl, personificación y primer ascendiente de la i-aza.
Ahora bien, si nos figuramos por un momento
extendida en nuestro territorio á la raza otomí, allá en
los tiempos primitivos, nos podemos explicar después
fácilmente cómo fué desgarrada por las diversas inmigraciones
y la razón del territorio que ocupaba al tiempo
de la Conquista. Pero esto no nos explicaría la antiquísima
existencia de la raza maya-quiché al sur de los otomíes.

No se puede dudar de la remotísima antigüedad de
esa raza : hay quien cree que la época en que estaban
unidos los continentes emigró hacia el oriente, y que los
pueblos occidentales del Nuevo Mundo traen de ella su
origen. Cuando se ven sus afinidades con los pueblos
de las islas que están á su lado oriental y ciertas
semejanzas con el mismo Egipto, dan ganas de relacionar
con ella á este pueblo. Basta ver cualquiera escultura
de la región del Sur, como la lápida de Orizaba, para
conocer la diferencia esencial de tipos y disposición de
figuras con los del resto de las otras razas, y encontrar
semejanza lejana con los de otros pueblos que existieron
separados por los océanos de esa raza maya-quiché, entre
ellos el egipcio. Y sin embargo, no tenemos razones
suficientes para sostenerlo ni como hipótesis: muchos
siglos transcurrieron después de la separación de las
tierras, y precisamente esos dos pueblos son los que en
ambos mundos recibieron más influencias extrañas. Pero
de todas maneras queda este hecho: los maj'a-quichés
son pueblo antiquísimo y no hay razón para considerarlo
emigrante ni para negarle el carácter de autóctono y
primitivo. Si nos referimos á los mayas exclusivamente,
para no complicarnos, encontramos en ellos un tipo
original y persistente, y un idioma persistente también,
tan persistente que todavía lo imponen á los descendientes
de los españoles.
Pues bien, si examinamos con cuidado su idioma,



encontraremos en él dos elementos diversos: uno
extraño, en su mayor parte nahoa, debido á las invasiones
é influencias extranjeras de largos siglos, y
el otro completamente original. Este elemento original
da un carácter monosilábico á la lengua. El señor
Ancona hace notar que el monosilabismo y la onomatopeya
dominan en el maya; tanto, que si se hicieran
todas las combinaciones monosilábicas posibles con las
veintitrés letras de su alfabeto, por lo menos las dos
terceras partes de las voces resultantes serían otras
tantas palabras que tuviesen algún significado.
Nos encontramos, pues, con dos centros de origen
monosilábico : los otomíes en la parte media de nuestro
territorio y los mayas al Sur. Acaso en un principio
fueron un solo pueblo; pero á los segundos no los
podemos estudiar en su estado primitivo, porque se nos
presentan ya con una lengua y una civilización muy
avanzadas, en las cuales hay influencias extrañas de
larguísimo período de tiempo, que por siglos tiene que
contarse. Y no obstante esto, se descubren grandes
conexiones entre los otomíes y los mayas con otros
pueblos de nuestro territorio y aun de nuestro continente.
La lengua es elemento de gran valor para explicar
las relaciones etnográficas. El otomí es lengua de un
carácter esencialmente primitivo. Le llamaban otómitl
los mexicanos; pero su verdadero nombre es Jiiá-MYí.
Todas las circunstancias de esta lengua manifiestan la
pobreza de expresión de un pueblo contemporáneo de
la infancia de la humanidad. Así, una misma voz tiene
muchos significados, y muchas veces el nombre se toma
como verbo con sólo la variación del acento. Las
categorías gramaticales se hallan poco determinadas; el
nombre no tiene declinación ni género y el verbo no
conoce más modo que el activo. Las voces son objetivas;
y si algunas parecen metalísicas, se relacionan siempre
con objetos materiales. Como es lengua sin bases determinadas,
se divide en muchos dialectos, ó más bien, en
cada pueblo se habla un dialecto de otomí , que por lo
mismo no podemos considerar como lengua propiamente
dicha. Y la confusión aumenta, porque obligando la
pobreza de palabras á mudar los acentos , esto produce
un gran número de letras distintas que son nada menos,
según nuestra cuenta, que catorce vocales y veinticuatro
consonantes. Cuando se piensa en los muchos siglos que
han estado los otomíes en contacto con pueblos de
civilización más avanzada se comprende la verdad
histórica de la persistencia de la raza y de la lengua.
Hoy mismo muchos pueblos de otomies, no muy lejanos
de los centros de población, no conocen el castellano y
persisten en su lengua como en ellos persiste invariable
el tipo de su raza.
Se extiende hoy el otomí por los Estados de San
Luis, Guanajuato, Michuacán, México, Hidalgo, Morelos,
Tlaxcalla, Puebla y Veracruz y se habla en todo el de
Querétaro. Esto acredita que los otomíes ocuparon todo
el centro del territorio. Pero además sus relaciones
lingüísticas con otros pueblos vienen á explicar relaciones
de raza. Encontramos estas relaciones con lenguas
de otros pueblos del país, como son el serrano, el
mazahua, el pame con sus dialectos y el jonaa ó meco,
acaso restos del antiguo chichimeco; pero las hay también,
aunque ya aparecen lejanas por el transcurso de
los siglos, con la familia apache. Y tomemos en cuenta
que el apache es una rama del athapasco,| el |idioma más
septentrional del Nuevo Mundo, con excepción del esquimal.
Mayores estudios acaso conducirán á una unión
continental monosilábica ó cuasi monosilábica de raza.
Las relaciones del maya son también muy extensas.
Abrazan las lenguas del Sur del territorio, penetran en
la América Central- y aun más allá, se extienden á las
islas, y siguiendo por la costa del Golfo llegaban hasta
el natches del valle del Mississipí, en el corazón de los
Estados Unidos.
¿Bastará esto para decidir la cuestión? No: vamos
en un camino oscuro en que poco podemos conocer, y en
que mucho se nos tiene que corregir.
Veamos lo que nos dicen las costumbres, y primitivas
solamente podemos encontrarlas en los otomíes.
Sahagún nos cuenta que eran de su condición torpes é
inhábiles. Eran codiciosos de dijes y gustaban de usar
toda suerte de adornos, aun cuando los llevasen desairadamente.
Las mujeres no sabían ponerse bien ni las
enaguas ni el huípil, traje que recibieron de la raza
nalioa y que es el que ahora usan. Las mozas se
emplumaban con plumas de color los pies, piernas y

brazos, se afeitaban el rostro con betún amarillo, sobre
el cual se ponían dibujos de diversos colores y se pintaban
los dientes de negro: traían los cabellos largos y
sueltos y nunca los peinaban hasta que eran madres.
Los hombres se rapaban la cabeza, dejando sólo un
mechón; y los hombres ya de edad se atusaban la mitad


posterior de la cabeza, dejando crecer por delante el
cabello. Se pintaban los otomíes los pechos y los brazos
con una labor que quedaba de azul muy fino, dibujada
en la misma carne que cortaban con una navajuela de
iztli.
Este modo salvaje de vestir y adornarse, que ni los
mismos otomíes han usado después, son enteramente
extraños á los pueblos civilizados que encontraron los
españoles, y liga á aquellos con las tribus bárbaras de
nuestra frontera y del Norte que todavía se tatúan y
se empluman ; lo que nos conduciría tal vez á encontrar
conexiones entre el otomí y el piel roja y podría llevarnos
hasta el hombre rojo y el maorí, que habrían
quedado aislados á la ruptura de las tierras.
Hay en las razas siempre dos manifestaciones muy
genéricas: la habitación y la ocupación habitual. Los
otomíes más adelantados llegaron á formar ciudades, y
aunque hay autores que opinan que no lo alcanzaron
hasta el siglo xv bajo el dominio de los señores de
Texcoco, sabemos que antes del siglo vii habían fundado
á Man-he-mí , que después fué Tóllan , y debemos creer
que la primera ciudad anterior á la de los nonoalca , que
después fué la Teotihuacán de los tolteca, la fundaron
también ellos; lo que nos haría remontar á los primeros
siglos de nuestra era. Pero esas ciudades debieron
tener un carácter muy primitivo, pues Sahagún refiere
que vivían en jacales ó chozas de paja no muy pulida,
y que aun el templo de sus dioses era de paja.
Pero esto sucedió en tiempos ya muy avanzados y
en localidades muy determinadas; pero por costumbre el
otomí fué troglodita. No solamente en los jeroglíficos
vemos á los otomíes y á los chichimeca como habitadores
de cuevas, sino que por donde quiera, en nuestro
mismo Valle, se encuentran en las cavernas señales
inequívocas de su antigua habitación. Se descubren en
ellas á veces trastos y restos de armas, ídolos en otras;
y no há mucho halláronse en una gruta de Monte Alto
varias momias de señores ó jefes otomíes.
En esto también se relacionan los otomíes con los
habitadores del Sur de nuestro territorio y con los del
Norte de América, pues en ambas partes se hallan
grutas como antiguas habitaciones y en ellas idénticos
trastos, restos semejantes de armas y utensilios muy
parecidos. Tenemos á la vista una pequeña hacha
de diorita encontrada en Ohio, y nada puede ser más
parecido á las hachas que comunmente se descubren en
nuestro territorio.
Pero si la habitación aproxima á esas razas
también lo hace su antigua ocupación habitual. El otomí
y el chichimeca fueron pueblos cazadores y dados al
merodeo. De esto hay manifestaciones clarísimas en
varias pinturas , en las que se pone al principio al indio
con su arco y su flecha, apuntando ya á un conejo, ya
á una liebre. Chichimecas vinieron al centro que por
excelencia se llamaban cazadores. Los tlaxcalteca,
antiguos teochichimeca , á pesar de haber entrado en
la civilización nahoa, tenían por deidad principal á
Camaxtli, dios de la caza. Los tepaneca celebraban
con suntuosos ritos la época de las cacerías. Y todo
recordaba el estado primitivo de una raza cazadora.
Y en esto también hallamos semejanzas con las tribus
bárbaras del Norte. En vano se las obliga á vivir en
reservaciones y se las quiere sujetar al suelo por la
agricultura; escápanse á menudo, y siguiendo su instinto
de raza, tórnanse cazadoras y se lanzan al pillaje y al
merodeo.
La teogonia es un dato muy útil en estas comparaciones;
pero aquí nos hace falta, pues aun con el
contacto de pueblos civilizados alcanzaron poco los
otomíes en esta materia y no creían en la inmortalidad
del alma, sino que pensaban que acababa con la vida del
cuerpo. Estudiando la fábula de la muerte de los viejos
dioses de Teotihuacán, nos llamó la atención que sus
nombres, como xólotl y citli, eran de animales. En el
libro sagrado de los quichés son animales también los
personajes providenciales y los dioses.en las cavernas
del Sur se encuentran en gran cantidad idolillos con



figuras de animales. El idolillo de carácter más primitivo
que se ha encontrado en Teotihuacán representa un
coyolt, (coyote), ú otro animal semejante. Pero en esta
cuestión el dato más importante es el hueso fósil de
Tequixquiac, que, como hemos visto, semeja la cabeza
de un cochino. No es posible creer que en aquel estado

primero y atrasado labrara huesos el otomí para que le
sirviesen de ornato. El ornato de la habitación es el
lujo, el refinamiento, la civilización avanzada. El otomí
labraba un cochino para adorarlo como dios. Así es que
la religión del pueblo autóctono fué el culto de los
animales, que persistió todavía en época muy avanzada,
hasta que los nahoas fueron imponiendo con sus conquistas
sus dioses astronómicos

PARTE 1
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PARTE 3
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PARTE4
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