TIEMPOS PREHISTÓRICOS : LAS PRIMERAS RAZAS - PARTE 1

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PARTE 3
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PARTE 4
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CONTENIDO:

— Su antigüedad.
— Unión de los continentes.
— La raza autóctona.
— Raza negra.- Sus huellas.

Acusan los cálculos astronómicos, que los mismos jeroglíficos nos suministran, una antigüedad, para la raza nahoa, de más de tres mil años antes de la era vulgar: es decir, una antigüedad semejante a la de los pueblos de la India, de China y del Egipto.

Y sin embargo, los nahoas no fueron el pueblo autóctono, aun cuando su civilización sí fue autóctona, pues a su llegada existían ya en nuestro territorio pueblos antiquísimos, tan antiguos que ellos mismos ignoraban su origen y se tenían por hijos de la tierra que habitaban.

No es posible aplicar a nuestras razas la división bíblica generalmente admitida, y que se formó en vista de las que en la antigüedad existían en el Viejo Mundo; y no teniendo más guía determinada para establecer nuestra clasificación que la diversidad de lenguas y su carácter especial y distintivo, hemos hecho una general de razas en monosilábicas, polisilábicas y de flexión, según la clase de lenguas que hablaban, sin tomar en cuenta que algunas de éstas parecen de forma paulisilábica , y tienen otras carácter de subfexión, pues sería largo entrar en las consideraciones de influencias extrañas, para explicar cómo ese cuasi-monosilabismo o esa pequeña variante de yuxtaposición no cambian su esencia fundamental. Agreguemos que en la antigüedad no había aquí lenguas de flexión.

Ahora bien, si consideramos por una parte la persistencia del idioma y por la otra los grandes centros de civilización que en nuestro territorio se establecieron, tendremos que reconocer en la antigüedad remota, como razas autóctonas, en el centro a la otomí y en el sur a la maya- quiche, y como inmigrante en el norte a la nahoa. Esta disposición geográfica de las razas remonta a la época citada de más de tres mil años antes de nuestra era. Hay que advertir que, en edad anterior, nuestro continente no estaba aislado de los otros. Conocidas son las tradiciones clásicas sobre su unión por el oriente, y hoy la ciencia la determina también por el occidente. A esto tendremos que agregar otro hecho importantísimo: la existencia del hombre en América desde la misma época en que se encuentran sus huellas en Europa.

Mucho importa la unión de las tierras, pues así acabaremos de una vez con las absurdas hipótesis de inmigraciones por lo que hoy es estrecho de Behring, de viajes de cartagineses, de barcos extraviados é impelidos por las tempestades, de tribus judías peregrinantes, y hasta de expediciones al país de Fou-Sang.

Dejando la unión oriente para cuando hablemos de la raza nahoa, pero admitiendo desde luego la existencia de la Atlántida, encontramos un lado de la unión de los continentes. Por el opuesto, parece ya indudable que la tierra se extendía del país de Gales a la Cañería, a la Australia y a la Nueva Zelanda. Se cree que la Nueva Zelanda fue la primera tierra que se separó, y por eso lia quedado con su forma triásica y con su hombre triásico; pero que por algún tiempo continuó aún unida a nuestro continente, desde la Patagonia hasta el Perú.

Por otra parte, las tierras debieron estar unidas hacia el norte, de la Nueva Guinea a la Nueva Caledonia, a las islas Marquesas, en California y a las praderas de Nebrasca. Solamente así se explica la existencia de hombres de determinada raza en esos diferentes lugares.

Pero hemos dicho que el hombre es antiquísimo en nuestro continente, y que en esto no le cede al hombre del Viejo Mundo. No hablaremos del hombre terciario de California, ni de las muchas disquisiciones que sobre esta materia se han escrito; nos basta una prueba que a las manos tenemos. El hombre posterciario, de la época de la marga y contemporáneo dela fauna colosal en el Valle de México, tiene como prueba evidente el hueso labrado que se encontró en los trabajos del desagüe.



Hueso fópil del Tajo de Tequixquiac.


En nuestro territorio existió en tiempos muy anteriores una fauna que pereció sin duda en los grandes cataclismos que sufrió esta parte del mundo. Nada más común que encontrar fósiles de mastodonte, elefante, buey, cebra, caballo y aun asno. Sin duda que estos hallazgos produjeron en la antigüedad la invención de las fábulas sobre los gigantes, y las perpetuaron en la época colonial.

Pues bien, en los trabajos del Tajo de Teqnixquiac, en las capas fosilíferas, se encontró en 4 de febrero de 1870, un hueso que llama notablemente la atención por las entalladuras o cortes que tiene, y que indiscutiblemente son obra de la mano del hombre.

Este hueso es un sacro, al parecer, de llama, y aprovechando parte de su misma formase ha completado la figura de la cabeza de un cochino
6 coyote, practicando las cortaduras sin duda alguna con un instrumento afilado, pues se ve algo todavía el lustre en el labio de la herida, notándose que ésta fue hecha por golpes sucesivos y de corta amplitud. El tejido esponjoso y las mallas del hueso están impregnados de bol y de toba; el canal medular está igualmente lleno de toba adherida, y quedan restos visibles de ella en las cavidades que figuran los ojos y las narices.

Como no puede dudarse de que la parte escultural del hueso es obra de la mano del hombre, se deduce lógicamente que éste existía ya en nuestro Valle en la época á que corresponde el yacimiento en que se encontró, supuesto que dicho yacimiento apareció intacto, sin que hubiera sufrido ningún trastorno geológico, y en él a doce metros de profundidad el fósil en cuestión. Veamos ahora las circunstancias de ese yacimiento.

El terreno es neozoico ó posterciario. Los fósiles encontrados ahí son de elefante, glyptodón, buey, caballo y cochino. El hueso que nos ocupa pudiera semejar la cabeza de este último animal. Las capas del yacimiento consisten en tierra vegetal, barro, toba pomosa, toba caliza, toba arcillosa, arena de pómez, arena cuarzosa y arena feldespática , conglomerados, calizas compactas, arcillas ferruginosas y margas. El hueso se encontró ahí, cerca del carpacho de un glyptodón.


Esto nos demuestra a su vez que el hombre existía aquí en la época posterciaria y que fue contemporáneo de la fauna colosal, perdida después. Y debemos suponer que ya entonces alcanzaba una antigüedad relativa, pues se necesita el transcurso de muchos años para que el hombre, y sobre todo el hombre primitivo, de por sí torpe y rudo, llegue a poseer una arte suntuaria, como es la escultura, por imperfeta que se considere, y a usar de instrumentos cortantes al efecto; y acaso a haber formado ya una religión, pues bien pudiera ser este hueso un ídolo animal.

De todas maneras la prueba existe: el hombre en nuestro territorio es tan antiguo como en el Viejo Mundo. ¿Pero cuál es ese hombre autóctono, habitador del Valle de México desde época tan remota? No dudamos en contestar que fue el otomí. Sin embargo, materia nos da para dudar, la existencia del hombre negro en nuestro territorio. ¿Vino antes de que existiera en él el otomi o fue el primer invasor? En el continente, que se unía al nuestro por el occidente, el hombre era negro, y después de la separación este hombre negro quedó en la Nueva Zelanda, lo mismo que en la Australia y en el África meridional.

En Asia existía también el hombre negro: invadida la India por pueblos posteriores, los restos de la raza negra se refugiaron en las montañas, en la región central llamada Vindhya. Todavía existen de esos hombres negros, los glondos, los kolas, los bhilas, los meras del monte Aravalí , los chitasy, los minas y los paharias, cuyo tradicional vencimiento ha engendrado el nombre de parias.

En cuanto a nuestro continente, apenas quedan huellas del hombre negro, lo que prueba que su existencia en él fue en época muy lejana. ¿Fue la primera en el mundo la raza negra y se esparció por todo él á virtud de la unión de los continentes, o cuando llegó al nuestro ya existían aquí los otomíes?

Su desaparición nos la presenta como raza expulsada y por consecuencia anterior; pero son indicios en contra los caracteres autóctonos de la raza otomí y un hecho tradicional que en nuestro concepto importa mucho: hasta los últimos tiempos pintábanse los sacerdotes de negro, como si fuera recuerdo de los introductores del primer culto. Como huella clara de la raza negra, tenemos algunas cabecitas de Teotiliuacán , y hemos visto una máscara de serpentina de tipo clarísimo. Respecto de esas cabecitas, diremos que en los innumerables túmulos de las ruinas de aquella gran ciudad se encuentran entre diversos objetos: son de barro y terminan en un cuello o apéndice.

Según el señor Orozco, se ponían en los túmulos para conmemorar la raza de cada (¿Quién Y en efecto, examinándolas con atención se observa que no están formadas ad libitum; y comparándolas se advierte, que los artífices copiaban de personas determinadas. Entre ellas se encuentran algunas con la nariz ahuilada y chata y los labios
Salientes, que no podrían aplicarse sino a individuos de raza negra. Se advierte también en el examen de esas cabecitas que unas pertenecen a tipos conocidos, mientras otras se refieren a figuras y tocados completamente extraños y diferentes de los registrados en los tiempos históricos. Esto acredita que anteriormente hubo pueblos con trajes desconocidos y razas diversas de las de los tiempos posteriores.

Creo que bastaría para aventurar la afirmación de la antigua existencia de la raza negra, el hallazgo hecho de cabecitas de su tipo. Pero a mayor abundamiento  tenemos como otra prueba



La cabeza colosal  de Hueyápan. 


Se descubrió por los años de 1860, en la hacienda de ese nombre, sita cerca de San Andrés Tuxtla, es decir, en uno de los lugares más calientes próximo a nuestras costas del Golfo. Se encontró casualmente en las labores del campo, y la curiosidad se limitó a excavar la tierra para descubrirla, dejándola en el hoyo que se había formado.

La cabeza es de granito, de dos varas de altura y con las proporciones correspondientes. Su tipo es claramente etiópico, y llaman la atención su tocado especial y la incisión cuneiforme que tiene en la frente y que recuerda algún signo sagrado del Asia. Como un solo dato, por preciso que sea, es siempre sospechoso, debemos congratularnos del segundo hallazgo, que es una grandísima hacha de granito, encontrada también en la costa de Veracruz. Viendo su tamaño y su peso, se comprende difícilmente cómo podían utilizarla. La parte superior del hacha es una cabeza de hombre parecida a la de Hueyápan; el tocado es semejante; en la parte posterior tiene la incisión cuneiforme; pero el tipo negro es más marcado, más claro lo chato de la nariz y más pronunciados los salientes belfos.

Pero la prueba perentoria de la antigua existencia de la raza negra en nuestro continente es que todavía se encuentran sus restos en él, y de otros nos hablan los cronistas primitivos. Tales son: los caracules de
Haití, los califurnams de las islas Caribes, los argiiahos de Cutara, los aroras 6 yararas del Orinoco, los chaymas de la Guayana, los mnujipas, jiorcigis y malayas del Brasil, los nigritas, chuanas ó gaunas
del istmo de Darien, los manalis de Popáyan, los guatas y jaras ó zanihos de Honduras, los esteros de la Nueva California, los indios negros encontrados por los españoles en la Luisiana y los ojos de luna
y albinos, descubiertos unos en Panamá, y destruidos otros por los iroqueses.



Hacha gigantesca de granito. (Escala a 1/5 del natural)


Todo esto viene demostrando que en época muy lejana, o antes de la existencia de los otomíes, o más bien invadiéndolos, la raza negra ocupó nuestro territorio cuando aún estaban unidos los continentes.

Esta raza trajo ideas religiosas y culto propio. Más tarde fueron desalojados é impelidos a las costas por los otomíes; o acaso se vieron obligados a buscar esos lugares calurosos, propios para su naturaleza especial, obligados por el enfriamiento que sufrió este continente con su separación y con los cataclismos de que fue teatro.


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