INICIOS DE LA COLONIA

DE LOS CRONISTAS E HISTORIADORES

Todavía en los primeros
escritores de la época colonial vamos á encontrar
elementos auténticos de los antiguos indios : algunos
cronistas guiaron su relato por jeroglíficos, que no se
limitaban á interpretar, sino que les servían solamente
de base de sus narraciones ; pero , contemporáneos de la
Conquista, habían oído de viva voz á los vencidos las
tradiciones de su historia. Otros, sin valerse del
auxilio de las pinturas, trasladaron simplemente en sus
escritos aquellas tradiciones: y recordemos, que por la
insuficiencia de la escritura jeroglífica, acostumbraron
siempre los mexicanos conservar en la memoria los
hechos gloriosos de su raza, que en relaciones y
cantares enseñaban á sus hijos para que no cayesen en
olvido. Sin duda las primeras obras de los cronistas
adolecieron de la vaguedad natural que se siente al
exponer ideas nuevas y poco antes desconocidas. No
eran ni podían ser trabajos completos, porque cada uno
escribía lo que lograba saber. Muertos, peleando por la
patria, los importantes personajes del pueblo vencido,
pocos quedaban que supiesen los secretos de su historia,
y de éstos la mayor parte no se prestaba á revelarlos.
Los mismos cronistas ocultaban algo de lo que llegaron
á conocer, especialmente si tenía relación con los dioses
y el calendario, por temor de despertar la mal dormida
idolatría. Y fué parte también para la confusión de sus
escritos, el querer desde un principio concordar las
creencias de los indios y sus tradiciones con el relato
bíblico: idea muy natural en la época, y que debe
tenerse en cuenta al leer las crónicas, para descartar
las falsas apreciaciones de ella nacidas. Pero cualesquiera
que sean sus defectos, no puede negarse que
constituyen un material preciosísimo, en el cual, escogiendo
con discreción y lógica, se encuentran abundantes
tesoros históricos. Demos, pues, cuenta de las
principales crónicas y de su importancia, examinando
imparcialmente la obra de nuestros historiadores.


RESUMEN

la historia antigua de todos los pueblos tiene no sabemos
qué atractivo misterioso, que sorprende la inteligencia
y despierta con la curiosidad y el interés
los más profundos pensamientos', mayor es aún
cuando se refiere á las razas primitivas de América;
acaso porque el mundo que se llama viejo ignoró por
muchos siglos la existencia de la portentosa civilización
que por tan dilatado espacio se le ocultó tras
de mares inmensos y tras de montañas que con sus
frentes de nieve tocan al firmamento.

Lo cierto es que los descubrimientos de Colón y las conquistas de
Cortés presentaron á la humanidad una nueva fase
de su existencia, un período ignorado de su vida múltiple
, que debió sorprenderla , y que habría sido pasmo
del mundo, si en aquella sazón no hubiesen estado las
sociedades en la lucha natural de su desenvolvimiento
para sacudir la edad férrea llamada media y entrar
en el renacimiento de la inteligencia, que á un mismo
tiempo brotaba de las prensas de Guttemberg, de la
paleta de Rafael Sancio, del cincel de Miguel Ángel y
de las prédicas de Savonarola. Tal vez pensóse más
por entonces en el poder que daba la conquista que
en el estudio de los misterios del espíritu humano;
valió más el oro que se rescataba que el jeroglífico
que se arrojaba al fuego ; destruyéronse pirámides
y monumentos para levantar claustros y catedrales;
y lo que la guerra no pudo destruir, encargáronse de
exterminarlo el hambre y la peste, siendo tanta la
desolación, que con poética y sentida frase dijo un
venerando fraile y cronista, que no hubo choza á que
no tocara su parte de dolor y llanto.
Pareció por un momento que aquella vieja civilización
iba á desaparecer sin dejar rastro ni huella,
pues á todas las causas de destrucción se unían las ideas
de la época, que por obra del demonio tenían, ya no
sólo la religión de los indios y sus ídolos, sino sus
palacios y jeroglíficos históricos, sus preciosas tradiciones
y sus admirables leyendas.
Salváronse, sin embargo, las razas, protegidas
primero por los muros inexpugnables de las montañas,
después bajo el hábito de amor y caridad de los misioneros,
más tarde el amparo de las leyes protectoras de
los monarcas de Kspaña; y con las razas salváronse
el tipo y la lengua, esas dos cifras preciosas en la
ciencia de la humanidad. Sirvieron los bosques de
baluarte á los monumentos más admirables, y la tierra,
como madre amorosa, ocultó con su polvo inscripciones,
ídolos y jeroglíficos. Los frailes consultaron las tradiciones
, aprendieron los cantares y las arengas , se dieron
razón de las viejas costumbres, y todo lo trasladaron
á crónicas, que en su mayor parte no han visto la luz
sino hasta nuestros días. Pero nuestra historia antigua
se había salvado; y lo que en el olvido pudo perecer,
hoy acaso va á levantarse á nuestras manos, que si
guiadas más por la audacia que por el saber, muévense
también al resorte del amor de la patria , que abraza el
deseo de conservar los viejos recuerdos y las añejas
hazañas, como en el salón condal del castillo almenado
se guardan los retratos de todos sus señores, la espada
de combate del conquistador y el laúd de la castellana.
Para emprender tan ardua empresa existen elementos,
y á dar razón de ellos nos creemos obligados,
pues la veracidad de una historia depende de las fuentes
de donde se ha tomado, así como el caudal y hermosura
de un río de la abundancia y claridad de sus manantiales.
Bajo este aspecto, nuestra historia antigua es
más digna de fe que la de la mayor parte de los pueblos
primitivos del viejo mundo. En éstos la leyenda es la
única guía de los primeros tiempos ; y sea porque, ricos
de imaginación, multiplicaron sus fábulas de manera
exagerada , sea porque , buscando en su orgullo orígenes
muy remotos, sustitu)'eron á la realidad la ficción, es lo
cierto que tenemos datos más preciosos de nuestros
antiguos pueblos , y que no es exageración decir que en
esto es superior nuestra historia á la misma historia
de Grecia.
Es verdad que no se puede conservar de modo
perfecto y absoluto la historia, si no se consigna por
escrito; y sabido es que nuestros primeros pueblos no
tuvieron escritura propiamente dicha, sino que de la
jeroglífica se valían; pero si sus signos gráficos servían
solamente para conservar el recuerdo y la fecha de los
sucesos, los ayudaban con la tradición de los pormenores
que oralmente se enseñaba, pues siempre se cuidó en
las escuelas de los templos de instruir en ellos á la
juventud, á fin de guardar viva la historia qne de
generación en generación iba pasando.

La pintura jeroglífica en lo general venía á reducirse
á análisis ó efemérides. Consignaban con claridad
los años y su sucesión ; de modo que tenían una cronología
perfecta, base muy principal para la precisión de
la historia. Al lado del año correspondiente colocaban
el hecho ó acontecimiento que querían consignar, uniendo
así á la cronología la relación de los sucesos históricos.
Jeroglifico cronológico. —Reinado de Moteczuma
y usando en sus pinturas de caracteres figurativos,
simbólicos, ideográficos y aun fonéticos, que daban idea
Jeroglifico simbólico. —Terremoto
bastante completa de lo que querían expresar. Así
consignaron la exaltación de sus reyes y su muerte, sus
Podre Nuestro en jeroglífico
batallas y conquistas, las pestes, terremotos, eclipses
y apariciones de cometas, hambres, nieves y calamidades,
todo con sus fechas precisas. Y no solamente
estos datos, ya de por sí tan interesantes, pudieron dejarnos
en sus jeroglíficos. En ellos pintaron también
sus peregrinaciones y teofanías, formaron con ellos
cartas geográficas para expresar la extensión de los
Jeroglifico figurativo, — Predicación del Evangelio
reinos y la división de sus jurisdicciones ; daban cuenta
de los tributos y de los diversos pueblos que los pagaban,
ya al señor, ya al templo, y en qué objetos
consistían en cada pueblo; pintaron sus costumbres, ya
familiares, ya guerreras, j'a sociales; el culto, los
sacrificios y los sacerdotes; las jerarquías militares y
los funcionarios públicos ; la educación de la niñez , sus
matrimonios y sus funerales; sus diversas artes y
oficios; sus diversiones y fiestas, sus bailes y combates;
las suntuosas ceremonias religiosas; sus rituales y sus
diversos dioses; la cuenta del tiempo, tan admirable
entre ellos; conservando así sus estudios astronómicos
y cronológicos, que tanto sorprenden el ánimo, y representando
también de maravillosa manera su maravillosa
cosmogonía.
Llegaron los mexicanos á habituarse tanto con la
escritura jeroglífica y á expresar tan bien con ella todos
sus sucesos y todas sus ideas, que aún después de la
Conquista, y cuando ya podían valerse de la escritura
alfabética, siguieron utilizando aquélla. Así con signos
figurativos ó usando de semejanzas fonéticas, escribieron
las oraciones que los primeros frailes les enseñaron,
buscando de esta manera un medio mnemónico de
conservarlas. Continuaron en sus mismos jeroglíficos
la historia de sus pueblos y de sus señores hasta mucho
después de la Conquista.

Pintaron esta misma Conquista
Fracmento de los títulos del pueblo de Mazatepec
según su método gráfico, siendo la pintura más famosa
la conocida con el nombre de lienzo de Tlaxcalla. Fué
de nuestra propiedad otro gran lienzo en que consignaron
las diversas conquistas espirituales de los frailes
franciscos, como en aquél lo habían hecho con las
hazañas de los guerreros. Ya durante la época colonial
consignaron en pinturas, ya el nombramiento de autoridades,
como el gobernador, alcaldes y regidores, ya
los tributos que entonces se pagaban , ya el proceso de
las visitas de los delegados españoles. Siguieron conservando
en jeroglíficos la genealogía de las familias; y
hemos poseído uno que traía la descendencia de un
cacique hasta cerca del fin del siglo pasado. No se
contentaron los pueblos de indios con que sus títulos se
escribiesen con letras, ya en español, ya en mexicano;
sino que siempre los hicieron constar con sus
pinturas jeroglíficas: y muchas veces estas pinturas han
servido de piezas decisivas de proceso en los tribunales.
Pudieron, pues, nuestros antiguos pueblos dejamos
en sus jeroglíficos, no solamente la historia de sus
hechos , sino la de sus costumbres públicas y privadas,
sus ideas religiosas, sus conocimientos astronómicos, su
cronologfia y sus supersticiones, su organización política,
y, en una palabra, el conjunto de su civilización. Por lo
mismo, la primera fuente de nuestra historia antigua
son los jeroglíficos como obra de aquellos mismos
pneblos.
Mas desde luego se presentan dos dificultades:
¿existe número suficiente de jeroglíficos para formar la
historia? ¿pueden interpretarse debidamente esos jeroglíficos?
Contestaremos primeramente á la segunda
pregunta.

En la misma época de los indios no todos sabían
leer las pinturas; hacíase en los templos la enseñanza
especial de esta ciencia, y de algunos símbolos solamente
tenían conocimiento los sacerdotes. Fué cosa
natural , por lo mismo, que al perecer en las guerras de
la Conquista esos sacerdotes, los grandes guen-eros y
los magistrados, cayese en olvido el conocimiento de esa
lectura; y ya desde los primeros años de la colonia,
vemos que los cronistas tenían dificultad para encontrar
intérpretes que les explicasen los jeroglíficos. El nuevo
orden de ideas y la nueva educación fueron haciendo
que más y más se olvidase esa ciencia. Llegó á tenerse
por perdida la lectura de las pinturas indias, por más
que algunas veces no faltó quien la emprendiese
fingiendo claves inútiles, como la imaginaria de Borunda.
Al fin un estudio asiduo, una comparación incesante
y profundas meditaciones , hicieron que el señor don José
Femando Ramírez, fundador de la manera de historiar
que hoy seguimos, encontrase el primero el modo de
leer los jeroglíficos fonéticos y figurativos. Consultando
cuantas pinturas pudo haber á las manos, ya en México,
ya en los diversos museos de Europa, llegó á formar
una gran colección de pequeñas tarjetas , cada una con
un jeroglífico y su interpretación, que constituía en
realidad un precioso diccionario. Su orden, división y
clasificación venían á dar además algunas reglas generales
para interpretarlos. El señor don Manuel Orozco,
utilizando esos materiales, fijó varias de esas reglas,
explicó muchas figuras é hizo un ensayo de diccionario
explicativo de los principales signos figurativos, fonéticos
é ideográficos. Nosotros nos atrevimos á dar una regla
general para interpretar los fonéticos, diciendo que los
jeroglíficos se leen de la misma manera que se forman
las palabras compuestas en mexicano. Y llevamos
nuestra audacia hasta estudiar la lectura de mucho
mayor número de signos figurativos é ideográficos,
emprendiendo la de los simbólicos. Acaso el estudio de
muchos años, puede darnos la esperanza de no habernos
equivocado.

La primera pregunta que vamos ahora á contestar,
sobre si existen jeroglíficos suficientes para escribir la
historia, es muy natural é importante, pues bien sabido
es que perecieron los grandes arcliivos de pinturas que
tenían los indios, y aun há poco se ha suscitado una
calurosa polémica sobre si el principal culpable de esa
destrucción fué el obispo Zumárraga, á quien se lia
llamado el Ornar de Occidente. Para poder resolver
la contienda debemos tomar en cuenta diversas clases de
destrucción. Primeramente las que hubo antes de la
Conquista, porque era costumbre en las guerras, al
tomar un pueblo por la fuerza, incendiar su templo,
con el cual perecían naturalmente los archivos de pinturas;
y 3'a se comprenderá cuántos perecían en las
incesantes luchas que tenían los pueblos unos con otros.
En segundo lugar debemos tomar en consideración las
guerras y los incendios de templos durante la Conquista;
y no solamente por los mismos conquistadores , sino por
los numerosos indios que los acompañaban, los cuales,
siguiendo sus inveteradas costumbres, quemaban naturalmente
los archivos y templos de los vencidos.

Poco quedó sin duda después de tan grandes destrucciones,
y entonces se presentó como causa lógica para continuarlas,
el celo religioso de los misioneros, que tenían
esas pinturas como obra del demonio. Y sin embargo,
salvaron no pocas', al mismo tiempo que en sus crónicas
conservaban la historia antigua de los indios. Pues
todavía tenemos que agregar otra causa de destrucción:
nuestro propio abandono. Existieron en tiempos atrás
varios jeroglíficos en las bibliotecas de los conventos,
especialmente en los de San Pedro y San Pablo y San
Francisco y no ha quedado ni rastro de ellos. La
magnífica colección que logró reunir Boturini, y de la
cual fué desposeído, pasó á la Secretaría del Vireinato,
y no existe. Aun de los pocos jeroglíficos del Museo,
algunos se han extraviado: se ignora el paradero del
lienzo de Tlaxcalla y del cuadro de la peregrinación
azteca. Pero á pesar de tantas pérdidas, la suerte ha
querido que se conservasen los suficientes para guardar
la historia, debiéndose en este sentido un señaladísimo
servicio á lord Kingsborough , que en lujosísima
edición publicó la mayor parte de los existentes en los
museos de Europa, y aun algunos poseídos por particulares.
Vamos á dar razón de los que principalmente
pueden ser útiles para escribir la historia. Y debemos
advertir que en cuanto á la relación de los hechos, no
existen jeroglíficos que se refieran á épocas anteriores á
la peregrinación de los aztecas; sin que podamos afirmarlo
respecto de las mayas, pues sus pinturas no son
hasta ahora ininteligibles. Ixtilxóchitl dice que tuvo á la
vista jeroglíficos de la historia tolteca ; Boturini cataloga
uno en su Museo, y M. Aubin pretende tenerlo; pero no
lo conocemos. Veamos aquellos de que podemos disponer.

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