Cibercultura:¿resistirá el libro en tiempos de comunicación digital?




Búsqueda personalizada



¿Resistirá el libro en tiempos de comunicación digital?

P.- El libro, ese fetiche occidental que desde la edad media pretende abarcar el universo en su interior, sufre hoy la arremetida de potentes formas de crear, contener y distribuir información como los multimedia interactivos, los e-books, los hipertextos y en general la información digital que fluye por la Red, y que se suman a la televisión, la radio y a los llamados medios de comunicación masiva. Ante estos nuevos lenguajes y formas de comunicar propios de la era digital ¿podrá el libro sostener alguna funcionalidad social y cultural? En otras palabras: ¿resistirá el libro en tiempos de comunicación digital?
R.- Me gustaría comenzar a dar respuesta a su interrogante analizando los términos de la cuestión. En primer lugar, el término “resistencia” puede sugerir dos ideas: la idea de que el libro como forma comunicativa se puede hallar hoy debilitado, pero sobrelleva —se resiste a— un “inevitable” destino; y la idea de que el libro se defiende —resiste— ante el embate de otras formas comunicativas tan potentes como la información electrónica, el multimedia o el hipertexto.
Ahora, hablar de “tiempos de comunicación digital” sugiere la idea de que estaríamos, como sostienen varios autores, atravesando un momento inédito en la evolución de la comunicación humana. Siguiendo a Steven Harnad por ejemplo, podríamos afirmar que estos tiempos de la comunicación digital se caracterizan porque hacen converger y potencian el tiempo "real" de la comunicación oral con la interactividad que inaugura la escritura. Pero también podríamos afirmar con Lévy que vivimos un nuevo momento de la comunicación humana en el cual la totalidad del conocimiento se puede visualizar —al menos en teoría—, gracias a ese gran contenedor que es la red de redes, y que la universalidad de dicho conocimiento se puede alcanzar gracias a las tecnologías de la conectividad que harán posible la configuración de una gran inteligencia colectiva y conectiva.
De otro lado, lo digital lo entiendo como el resultado de una cierta acción técnica sobre diversos tipos de información —entre ellas y en primer lugar la información textual— que transforma lo material de esa información en imágenes numéricas, haciendo que sean las operaciones simbólicas (algoritmos) las que creen algo visible y no los fenómenos físicos. Pero lo digital así entendido no sólo afecta los textos, sino que hoy se extiende prácticamente a todos los ámbitos de la vida: los medios de comunicación, el mundo laboral, nuestros ocios e incluso el reducto más íntimo de nuestro espacio doméstico. Como afirma Guiomar Salvat "El mundo se ha fragmentado en ceros y unos. En nodos de información inconexos. Estamos rodeados de mapas de bits” (2000).
Ahora, la cuestión fundamental es el libro como tema y más particularmente el análisis de su destino. Resolver algo tan cercano a la futurología nos podría llevar a un largo e infructuoso debate, así que soy de la opinión de que la polémica acerca del “futuro” del libro puede ser más productiva si la planteamos como una oportunidad para reflexionar sobre las formas del discurso.
Es cierto que existe la tendencia simplista a polarizar el debate, colocando de un lado a esos "visionarios de la informática" que ofrecen un futuro donde los libros impresos, las bibliotecas, las librerías y los editores tradicionales son sustituidos por instituciones y géneros electrónicos, y del otro a los "bibliófilos”, partidarios del antiguo orden que se sienten, no sólo obligados a defender el libro, sino también a despreciar la tecnología que acabaría con él. Posiciones tan radicales son muy problemáticas. Los “visionarios” no ofrecen tesis históricas que permitan afirmar que el futuro que imaginan será inevitable, pues la tecnología cambia tan rápida e impredeciblemente que se hace imposible describir un futuro próximo o mediato con certeza. Y los bibliófilos se hayan sesgados por una suerte de fetichismo que bloquea cualquier visión futurista. Me pregunto por eso: ¿No sería más saludable reconocer que en la actualidad se da una especie de mezcla de soluciones tecnológicas que obligan a considerar los libros impresos y encuadernados, como una forma, entre muchas, de entender el libro? ¿No sería útil redefinir el libro como cualquier contenedor —incluido el digital— de discurso?
Vistas así las cosas —lo ha dicho ya Numberg— la forma impresa del libro no puede ser eterna, pero a la vez la digitalización de la cultura está afectando tradiciones de larga duración, de modo que la posible desaparición del libro impreso, plantearía dificultades considerables. Creo por eso que podríamos seguir hablando de libros pero conscientes de que sus nuevas formas ya no seguirán imponiendo la distancia física y temporal entre autor y lector. Los textos electrónicos entre tanto deberán encontrar la forma de adaptar y estandarizar sus propiedades y modos de acceso. Sólo cuando nuevos modos de lectura y nuevas formas de intercambio cultural e intelectual se consoliden, se podrá hablar de un "más allá del libro".
Pero quisiera, si le parece, abordar varias cuestiones que, creo, resultan pertinentes al propósito de examinar el futuro del libro. La primera sería la pregunta que se abre cuando enfrentamos la forma tradicional del libro a las condiciones tecnológicas del llamado texto electrónico: ¿existen razones suficientes para pensar que los libros impresos perderán su funcionalidad cultural, dadas las ventajas del “libro” digital?

El libro frente a la información electrónica

Suele plantearse que la aparición de la información electrónica con sus características: virtualidad, conectividad, interactividad, multimedialidad, amorfismo, pone en evidencia algunas desventajas del libro tradicional, derivadas sobre todo de la inevitable dependencia entre el modo en que se crea y se comunica la información y el soporte material que la contiene. Se mencionan entre otras desventajas comparativas del libro: restricción de su movilidad —frente a la movilidad en la red—, encarecimiento de su reproductibilidad —debido a su “inevitable” materialidad—, limitación de su alcance y cobertura —por su inelasticidad—, dificultad para la variación de sus elementos, constreñimiento a un orden secuencial inalterable y restricción de la interactividad. Pero también hay quien menciona lo que podríamos llamar ventajas remanentes: fácil transporte, independencia de dispositivos de decodificación, materialidad familiar.
Ese sería el panorama de alternativas, digamos, tecnológicas, pero creo que el análisis de “alternatividad” no estaría completo si no incluimos la dimensión propiamente cultural. Quizás lo más importante en este aspecto es que las nuevas formas de comunicación digital promueven condiciones de flexibilidad y juego como parámetros de la interacción comunicativa, en lugar de la monumentalidad y la seriedad, propias del sistema de la escritura ligada al libro, y eso da entrada a nuevos valores. Y cada vez más los lectores están abandonando las necesidades psicológicas de estabilidad y de autoridad que ofrecen los libros y valoran más la plasticidad, la interactividad y la velocidad de distribución que proporcionan los nuevos soportes.
Hay algo definitivamente insoslayable en todo esto: la palabra impresa ha perdido centralidad y el ambiente socio-cultural que la ha acompañado tradicionalmente —editoriales, bibliotecas, librerías, escuela— empieza a sentir los efectos, y se ve obligado por eso a repensar la forma en que los nuevos lenguajes y maneras de comunicar pueden ser potenciados, en lugar de enfrentarlos en una lucha que no es sino una lucha fraticida. Lo que yo creo finalmente, es que el libro tradicional y los textos electrónicos tendrán que coexistir durante largo tiempo todavía. Ambas formas de información mantienen ventajas y funcionalidades que por ahora parecen complementarias: los textos electrónicos nos ofrecen información rápida, amplia, interactiva y flexible; entretanto, los libros son el espacio más propicio, la manera más práctica, para el ejercicio de la reflexión, la interpretación, la argumentación y en general para la hermenéutica.
P.- Autores como Roger Chartier [1]advierten que la perspectiva puramente optimista y determinista de una sustitución del libro, puede esconder asuntos tan preocupantes como la verdadera capacidad social para garantizar la “alfabetización” en las nuevas mediaciones y para evitar nuevas fragmentaciones.

¿Estamos ante el peligro de una nueva fragmentación social?

R.- Si aceptamos la idea de que las ventajas del “libro electrónico” —la forma que adoptaría el libro en tiempos de comunicación digital— se impondrán con el tiempo a las que hoy son ventajas “remanentes” del libro impreso, podríamos, en efecto, estar ante una situación en la que tendríamos un libro que no requiere soporte, pero destruye el orden del discurso; un libro que exige nuevas mediaciones a riesgo de generar un nuevo analfabetismo; un libro que flexibiliza, agiliza y conecta el texto, pero destruye la obra, con su tradicional estabilidad; un libro que fragmenta el texto, pero puede también fragmentar la sociedad.
No hay duda de que estamos ante la puesta en escena de toda una politextualidad, es decir, de toda una variedad textual que incluye, en forma simultánea, información verbal, visual, oral, sonora, numérica; disponible desde presentaciones epigráficas hasta soportes tecnológicos avanzados. Una politextualidad que demanda la necesidad de construir un nuevo orden del conocimiento —diferente, o al menos alterno, al establecido por el orden del libro—, acorde con esa expansión del texto y de sus modos de lectura. Un orden que por ahora tiene una condición provisional —híbrida—. Hoy ya no estamos limitados por la extensión espacio-temporal del texto —al contrario: el texto ha “estallado” en múltiples formas—, ni por el límite funcional entre escritor y lector —al contrario, la textualidad se ha hecho dinámica, interactiva, participativa—, así como tampoco por el coto que impone la distinción entre palabra e imagen —al contrario estamos frente a una auténtica neoescritura que sabe fundir palabra e imagen—, pero no hemos encontrado aún metodologías y pedagogías eficaces para potenciar estas nuevas realidades comunicativas.
Ante este paisaje me gusta usar, por eso, el término “alfabetización múltiple” que propone Gutiérrez Martín, esto es, estrategias de formación de lectores preparados para una lectura abierta a diversos formatos —imágenes, texto electrónico, multimedia—. Una metalectura que al menos requiere tres nuevas competencias: 1) La iconicidad, es decir, la competencia para codificar (escribir) y decodificar (leer) en imágenes. Capacidad tanto para proponer como para enfrentar y dar forma al texto desde una perspectiva icónica. 2) La navegabilidad, es decir, la competencia para hacer eficaz el movimiento por las redes de información. Dado que éstas ya no se basan en recorridos lineales, sino que obedecen a la lógica de las estructuras hipertextuales, se hace necesario alcanzar la capacidad para gestionar la información contenida en la red, es decir, identificarla, evaluarla y reutilizarla. Y 3) la editabilidad o competencia para modificar y sustituir textos. Capacidad para separar y luego volver a unir textos y para crear múltiples secuencias y asociaciones.
Pero la alfabetización múltiple es apenas una de las estrategias requeridas. En realidad el asunto es mucho más complejo. Entre los riesgos que contiene una extensión de las nuevas formas de leer y escribir, el más importante es el de la ampliación de la brecha “norte-sur” —“infopobres” vs “inforricos”—. En la medida en que los nuevos medios electrónicos se impongan, habrá una mayor exigencia de condiciones técnicas y culturales sofisticadas, no sólo del lado de la oferta, sino del de la demanda, lo que puede conducir a una diferencia importante. El problema debe ser abordado en conjunto por las instituciones educativas y por los estados, pues de otro modo ésta será una limitante importante para la extensión de las nuevas prácticas. La atención crítica debe también afinarse para evitar el peligro de una sustitución total: se debe evitar un totalitarismo tecnológico y para ello lo mejor es preparar valores concomitantes, esto es, valores que acompañen los procesos y muy especialmente el planteamiento de una renovada visión humanista de la llamada cibercultura.
P.- Ahora que hablamos de diversidad de lenguajes, de iconicidad y de mediaciones y pedagogías de la imagen, ¿podría afirmarse que el destino del libro pasa por una necesaria confrontación con ese poder renovado de la imagen que han promovido los nuevos medios?

¿Palabra o imagen?

R.- Curiosamente —lo ha dicho Bolter—, el auge de los nuevos medios está ocasionando una suerte de repliegue de la palabra: los nuevos medios de comunicación están facilitando una imposición de la imagen sobre el texto, configurándose así un escenario de lucha ideológica, en el que pareciera no haber espacio para la convergencia. Una de las manifestaciones de ese repliegue es la pérdida de funcionalidad de una operación retórica tradicional: el ekphrasis, es decir, la descripción de imágenes con palabras. Cada vez se hace más difícil subordinar las imágenes a las palabras, y más bien pareciera que las formas visuales y sensuales tendieran a brindar la explicación que deberían ofrecer las palabras.
Detrás de este asunto, existe toda una batalla por la imposición del signo. Esta batalla podría visualizarse desde dos escenarios: uno primero es la pugna entre sistemas de representación simbólica —escritura— y sistemas de presentación perceptual —imágenes—. Pero esa lucha puede entenderse también como la pugna entre signos arbitrarios y signos naturales. Lo que quizás han puesto en evidencia las tecnologías de lo visual —o de la ilusión perceptual— es, precisamente, la posibilidad de una imposición del signo natural fuera del campo de la expresión verbal: deseo al fin cumplido de la inmediatez y de la destrucción de la representación simbólica. ¿Estamos, pues, ante dos mundos, dos epistemologías, opuestos e irreconciliables —el de la imagen y el de la palabra— o todavía tenemos oportunidad para alcanzar un equilibrio práctico? No es fácil dar respuesta a esta cuestión. De un lado las condiciones mentales que exige la lectura —decodificación, interiorización, síntesis, es decir, hermenéutica—, parecen mantener una funcionalidad importante, especialmente en el ámbito de la escuela y en el académico en general, mientras que la aprehensión más inmediata y flexible de la realidad a través de imágenes, resulta hoy más eficiente para algunos contextos y necesidades. Quienes hacen una crítica de las imágenes como medio de conocimiento (Virilio, Gubern, Martínez), están preocupados por lo que podría constituirse en un medio para efectos de manipulación de conciencias. De hecho, Gubern denuncia la “extraña” coincidencia entre la extensión de las tecnologías de la realidad virtual y la creciente colonización del imaginario mundial por parte de las culturas transnacionales hegemónicas, circunstancia que puede generar que en el futuro próximo empecemos a considerar como imperfectas y poco satisfactorias las representaciones icónicas tradicionales.
Según Juan José Martínez, la cultura de la imagen, con toda su parafernalia —simultaneidad, velocidad, repetición— bloquea procesos naturales como la síntesis de transición, es decir, el paso que garantiza la conexión de la imagen con la realidad y degrada entonces el único mecanismo que posee el hombre para elaborar la diferencia entre la realidad y la ficción: la intencionalidad, el deseo de verificar si existe o no un sustrato real de la imagen, todo lo cual no conlleva sino a preparar la conciencia del individuo para llenarla de información, cerrando así las posibilidades a una formación de la conciencia, en cuanto ésta se queda sin herramientas de auto-reflexión y crítica frente a lo así percibido.
Sin embargo, quienes celebran el regreso de la imagen afirman que el texto verbal ha perdido la capacidad para contener lo sensual y que al ponerlo al lado de medios como la imagen —ilustrada, animada o cinematográfica—, pierde todo poder de motivación y su funcionalidad se reduce notablemente. De otro lado, la omnipresencia de las imágenes en nuestra cultura contemporánea está demostrando que, contrariamente al sistema de representación de la escritura, hay una especie de correspondencia natural entre la imagen y lo que ellas presentan, lo cual está muy acorde con lo que Hans Ulrich Gumbrecht ha propuesto llamar “cultura de la producción de presencia” (cfr. González de Mojica, 1997). Según Gumbrecht, se ha efectuado en nuestros tiempos una reordenación cultural que ha implicado pasar de una cultura de producción de sentido —cultura de la representación— a una cultura de producción de presencia. Esta reorientación ha significado también un desplazamiento de los instrumentos para acceder al conocimiento y específicamente una “reacción a leerlo todo, a interpretarlo todo”. Así, la cultura contemporánea, en su afán por producir presencia, ha hecho de la estabilidad y de la permanencia de los textos —condición para el ejercicio hermenéutico— algo poco funcional. Pero la presencia de la cultura contemporánea no es una presencia plena, sino una presencia apoyada en la virtualidad, y ésta a su vez encuentra el mejor escenario en los sistemas de presentación perceptual —que van en contravía de los sistemas de representación—. Como he dicho en otro momento, las facilidades tecnológicas de hoy, han generado el despertar de un deseo reprimido por la cultura y el orden del libro: el deseo por el signo natural, por pasar directamente del signo a la cosa sin mediaciones simbólicas, lo que implica, en su extremo, la disolución de los sistemas de representación que no son capaces de competir con sistemas de inmediatez y transparencia como la realidad virtual.
P.- Una de las ventajas de la comunicación digital es que al liberar la información de soportes físicos facilita y extiende la posibilidad real de comunicación. Como dice Eco: “la gente ahora se puede comunicar directamente sin la intermediación de las editoriales. Muchas personas no quieren publicar, sólo comunicarse”. ¿Está usted de acuerdo con esta afirmación?



Publicar frente a comunicar

R.- Eso es cierto, pero por otro lado, esta circunstancia —facilitar la comunicación, eliminar los filtros de lo “público” — genera el riesgo de favorecer una creciente eliminación del pensamiento contemplativo. La escritura digital sustituye el tipo de pensamiento propio de la cultura del libro —basado en la confrontación física— por otro tipo de pensamiento: el pensamiento rápido e interactivo que da poca posibilidad al funcionamiento de la concentración contemplativa y de las sugerencias simbólicas. La aceleración del tiempo de escritura, la disminución del tiempo de formulación y el acortamiento de los periodos de gestación de ideas, son las principales consecuencias que lo digital ha dejado sobre el armazón psíquico de la comunicación tradicional. Así expresa Heiman (sf.) la situación: “El resultado de una escritura frente a la otra, podría compararse con la diferencia entre un huevo fresco puesto por una gallina de corral y uno industrialmente gestado. La escritura en papel es disciplina, la escritura digital es rendimiento”. ¿Qué pierde y qué gana la comunicación humana con la posibilidad ahora real de una comunicación más directa, extensa y menos “controlada”?
Para responder a esta cuestión, acudo a la propuesta de Barlow de entender la información como una actividad, como una relación y como una forma de vida. En tanto actividad, la información es sobre todo algo que, independientemente del objeto o forma que la contenga o la distribuya, ocurre entre mentes y exige por eso procesos de participación de emisores y receptores. Resulta evidente que la facilidad que dan los medios electrónicos interactivos para que esos procesos ocurran de manera más veloz y directa, supera con creces los lentos y casi siempre tediosos procesos de producción de libros. Ahora, que los contenidos resultantes de la comunicación sean o no de calidad es algo que la cultura del libro ha resuelto con diversas prácticas —y aún así ¡cuánto libro “basura” se publica hoy día! —, pero eso no le quita a la información contenida en la red la oportunidad de probarse, incluso ante los tribunales del ambiente editorial o académico. Es más bien una cuestión de toma de posición, pues en la medida en que se quiera favorecer la comunicación extensa, deben acordarse otros criterios de calidad. No resulta conveniente en este sentido trasladar los que el ambiente editorial y académico han desarrollado, pues los objetivos son distintos y las circunstancias diametralmente disímiles.
En cuanto relación, puede decirse lo siguiente: hace tiempo ha quedado claro que el sentido e incluso el uso de la información depende no sólo, no tanto, de una actividad del emisor, sino de la capacidad creativa del receptor. Claro, aún en la red, donde las ideas suelen estar disponibles para el uso libre, se reconoce como valor la “originalidad”, pero cada vez se favorece más la recombinación, es decir, el uso creativo de diversas fuentes de información. Y cuando digo creativo, aludo al valor agregado por el punto de vista o la innovación. En ese sentido, lo que parece que se está convirtiendo en valor no es tanto la originalidad o posesión de la información estratégica, sino el carácter interactivo que ella ofrezca y promueva. En lugar de posesión, relación; en lugar de franquicia, interactividad.
Finalmente: la información es vital, en el sentido de cumplir ciclos “vitales”. Se concibe, busca expresarse, pero quiere ser libre, se transforma, se relaciona y finalmente se degrada y perece. A veces renace y vuelve a circular. Si somos concientes de todo esto, deberíamos ser consecuentes y facilitar esa vitalidad. Evidentemente los formatos físicos no lo hacen, de modo que en cuanto forma de vida, los escenarios interactivos son los más convenientes.
P.-- Es inevitable hablar de hipertexto o de formato hipertextual a la hora de examinar las posibilidades de una comunicación digital. ¿Estamos efectivamente frente a un nuevo paradigma de la comunicación? ¿Conviene esta revolución? ¿Qué haría falta para extenderla? ¿Habrá posibilidades de sumarla y articularla al modo tradicional de la escritura?

El hipertexto, una enunciación revolucionaria

R.- Si algo hay de novedoso y cualitativamente distinto en la era digital, es la puesta en escena y la facilidad para una expresión hipertextual, entendida ésta como un sistema de escritura electrónica que organiza información de modo no lineal, con base en estructuras “red”, esto es, estructuras constituidas por nodos y enlaces.
Mucho se ha teorizado sobre el cambio de tipo paradigmático que implica el surgimiento del hipertexto. Landow por ejemplo habla de las fuertes reconfiguraciones del texto, del autor y de la narración que generará su uso extensivo. En una declaración más política, Moultroph afirma que el hipertexto y los hipermedios, son la evidencia de que los sueños de una nueva cultura se están haciendo realidad. El hipertexto proporciona un laboratorio para una alternativa nómada al espacio discursivo, pero también contribuirá a un fomento del popularismo y a la diseminación del conocimiento especializado por redes no convencionales o no oficiales. Igualmente, su uso extensivo señalará la erosión gradual de las jerarquías absolutas en occidente a las que las redes y los hipermedios están asestando el golpe de gracia. Pero aún más: la exigencia de elección articulada en el hipertexto producirá un respondedor ilustrado y de por sí capacitado.
Yo creo que el hipertexto ciertamente es una forma de enunciación revolucionaria —o pionera como la denomina Clément— y esto por tres razones básicas: en primer lugar, el hipertexto a todas vistas resulta ser la culminación de un proceso en el que la tecnología alcanza el ideal democrático de una comunicación altamente participativa. En segundo lugar, los hipermedios, dada la tendencia de la mente humana a operar topográficamente, son las herramientas más adecuadas para modelar los procesos cognoscitivos presentes en la red nerviosa del cerebro. Finalmente, la escritura electrónica supera las formas jerárquicas y lineales de expresión propias de la cultura de la imprenta, que aliena y limita los poderes asociativos del discurso. Pero echemos un vistazo, si le parece, a las tres características particulares del hipertexto en tanto enunciación.
La primera es que en todo hipertexto nos encontramos con una sinécdoque “creciente”, en la que la parte —el fragmento, el recorrido— se toma por el todo —el hipertexto en su totalidad—. Lo que caracteriza al hipertexto es la preeminencia de lo local sobre lo global. Si bien la mayor parte de los sistemas hipertextuales ofrecen una vista global de su estructura, esa vista no es la del texto, sino la del paratexto. Por tanto, para el lector, el hipertexto será siempre aquella parte que ha leído, es decir, una parte de un conjunto extraída según su recorrido de lectura, la actualización parcial de un texto virtual que nunca conocerá en su totalidad. Pero en el hipertexto, la sinécdoque es una figura dinámica: a partir de un fragmento, el lector intenta imaginar el todo, sin embargo, cada nuevo fragmento o cada nuevo recorrido lo obligan a reconfigurar su visión de conjunto de una totalidad que jamás se manifestará completa. Es muy posible por eso que el lector de una obra hipertextual no agote nunca la totalidad de las lexias que se le ofrecen... y tampoco será necesario.
La otra figura propia de los sistemas hipertextuales es el asíndeton, esto es, la ausencia de conexiones. Clément asegura que esta característica constituye la principal problemática del hipertexto en cuanto mecanismo para la presentación de ideas. La deconstrucción del discurso que provoca el hipertexto tiene como primera consecuencia una baja utilización de palabras de conexión —conjunciones, adverbios, etc. — y de figuras oratorias que encadenan las partes del discurso tradicional. Cada fragmento del hipertexto "flota" en la pantalla. Su pertenencia a diversos recorridos potenciales le prohibe todo vínculo discursivo con los demás fragmentos. A diferencia del hipertexto de ficción, donde el asíndeton puede constituir un recurso estético interesante, en el hipertexto informativo, explicativo o argumentativo, el asíndeton no es bien recibido por el lector, quien necesita siempre una justificación intelectual para los saltos del pensamiento. La solución está en la caracterización de los enlaces, que sin sustituir las conexiones del discurso, le permite al lector anticipar, no el contenido del próximo nodo, pero al menos su naturaleza y una cierta visibilidad que le facilita hacer elecciones motivadas acerca de sus recorridos.
Finalmente está la figura de la metáfora. Aplicado al hipertexto, el concepto de metáfora permite evidenciar que un determinado fragmento se presta a varias lecturas en función de los recorridos en los que se inscribe. Esa es una de las características básicas del hipertexto en comparación con el texto impreso. En este último, el discurso está fijo en su orden impreso. Es cierto, afirma Clément, que toda lectura trae a la mente el texto ya leído para interpretar el que estamos leyendo en relación con él, y desde este punto de vista, cada palabra está metafóricamente cargada del peso del sentido que ha podido tomar en otros contextos del mismo libro, de la misma obra, o de todas las obras previamente leídas. La lectura de lo impreso no es tan lineal como parece. Pero a la polisemia inherente a la lengua, el hipertexto le añade otra, que es consustancial a su estructura. Cada fragmento está en un cruce de caminos que hacen uso de él y le aportan diversas facetas. Quizá sea esa la clave del pensamiento hipertextual, asegura Clément: un pensamiento en constante devenir, un pensamiento potencial, variable y cambiante, la progresiva formación de la memoria a través de un recorrido laberíntico.
En toda obra hipertextual, el lector encontrará estas tres características. No sólo le resultará imposible, sino innecesario el recorrido por la totalidad de las lexias, y por eso tendrá constantemente que asumir un papel activo para establecer las conexiones y los sentidos locales de un conjunto de lexias. Muchas veces encontrará reiterado un concepto o un contenido, pero su lectura momentánea le dará siempre una función distinta. No puede encontrar como tal una argumentación o una hipótesis y en los momentos en que esto parezca así, habrá siempre una relativización. El lector tendrá que tratar los puntos de vista y las estructuras conceptuales propuestas como paisajes para ser explorados, más que como posiciones para ser defendidas o atacadas. Deberá también potenciar la fluidez y la reutilización más que los fundamentos y las posiciones definitivas. Sólo con estas actitudes será posible para él aprovechar al máximo su estructura hipertextual... sin morir en el intento.

¿Sustituir o fusionar?

Para terminar, quisiera expresar lo siguiente: muchos plantean el problema del futuro del libro como un problema de sustitución radical de una forma de comunicación por otra. En particular, creo que lo que se dará es una especie de convivencia —no necesariamente pacífica— entre el libro y las nuevas formas de comunicación digital. Creo igualmente que la aparición de “competencias” para el libro, le están exigiendo y permitiendo a los escritores y a los lectores claridad sobre el alcance real de su funcionalidad. En ese orden de ideas, el libro será sustituido en aquellas funciones específicas en las que otros soportes obtengan mejores resultados. Pero los libros, como dice Eco, seguirán siendo indispensables para cualquier circunstancia en la que uno deba leer con atención y no sólo recibir información, sino especular y reflexionar sobre ella.

¿En busca de nuevas formas de leer?
P. Los profesores en todos los niveles de enseñanza manifiestan su preocupación por el débil desarrollo de las habilidades comunicativas –en particular la lectoescritura- de sus estudiantes, en la mayoría de los casos atribuyendo dichas deficiencias a fallas en los niveles anteriores de educación. Parece que no se tiene en cuenta que la enseñanza y el aprendizaje de la lectoescritura es largo y complejo, no se limita solamente a la apropiación del código, está muy relacionado con el desarrollo del pensamiento y las nuevas necesidades comunicativas de los individuos, una de ellas la lectura transaccional propuesta en la virtualidad ¿Qué hacer al respecto?
R. A partir de lo anterior, es posible considerar que las formas de comunicación actuales exigen nuevas formas de leer y escribir. Por lo tanto, para quienes tiene la tarea de orientar procesos de lectura debe acercarse a las nuevas formas de leer y escribir para descubrir que se requiere un lector autónomo, el cuál de acuerdo con De Zubiría, M (2001), debe ser capaz de: tener razones para leer, manifestadas a través de preguntas e intereses; tener herramientas para encontrar la información que necesita; establecer relevancia, para seleccionar sólo aquello que en su momento resulta pertinente; realizar inferencias, para comprender el significado y el sentido de lo que lee; comprender y producir estructuras, para sintetizar y comprender jerárquicamente los textos; y finalmente establecer relaciones con otros conocimientos, para realmente realizar una lectura crítica.

No hay comentarios :

Publicar un comentario

DEJA TU COMENTARIOS CON TUS DUDAS Y SUGERENCIAS,ASI COMO TAMBIEN UN PEDIDO EN PARTICULAR.
TAMBIEN PUEDES TU CORREO ELECTRONICO PARA UNA RESPUESTA MAS RAPIDA.